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1a.- DIEZ FORMAS DE HACER FRACASAR UN MOVIMIENTO CIUDADANO

2a.- EL CONCEPTO DE CIUDADANIA SANTIAGO SANCHEZ TORRA

 

 

 


 

DIEZ FORMAS DE HACER FRACASAR UN MOVIMIENTO CIUDADANO

(Extracto del artículo de Byron Kenard ( Nort Man Appart), publicado en la revista INTEGRAL)

 

Para escribir este artículo, todo lo que he tenido que hacer es contar mis "heridas de guerra" y recordar cómo lo conseguí. Si mi experiencia es válida, existen muchas más personas que se apartan de los movimientos ciudadanos por culpa de sus hermanos y hermanas de causa que por las trampas y astucias creadas por los enemigos del movimiento en cuestión. A mi parecer, quien desea hacer fracasar un movimiento ciudadano sólo tiene que unirse a él y poner en práctica estas diez reglas, simples y básicas. Si las aplica con constancia pronto mirará la vitalidad y la cohesión del grupo, que iniciará un proceso de desintegración .

 

Ah! Y por supuesto quienes estén en algún tipo de movimiento, colectivo, etc. y tengan verdadera ilusión por él, deben cuidar de no aplicar ninguna de estas reglas…

 

1. Olvida tus orígenes.

 

Los movimientos ciudadanos para un cambio social surgen a menudo en circunstancias humildes, oscuras o incluso de mala reputación. Recordemos a los pioneros organizadores de sindicatos obreros, que fueron encarcelados, deportados e incluso asesinados por su oposición a los abusos de los empresarios industriales. Pensemos en los "rosa parks", negros que rehusaban sentarse al fondo del autobús,…

 

Con el paso del tiempo, cuando el movimiento una cierta embergadura, estos orígenes pueden avergonzar a los arribistas, que se agarran a él en busca de fortuna y gloria. En este momento se considera necesario reescribir la historia para enterrar la identidad de los fundadores del movimiento e incluso se llega a cambiar el ideario que lo originó

 

Se dice que las revoluciones devoran a sus padres. Los movimientos ciudadanos hacen algo bastante peor: se olvidan de sus madres. El revolucionario que encabeza el movimiento puede pasar a la historia, pero siempre se olvida la identidad de los pequeños grupos de voluntarios -en mis experiecias han sido formados mayoritariamente por mujeres- que constituyen la base del cambio social.

 

2. Coloca expertos en el asiento del conductor.

 

Para organizar un movimiento pueden bastar voluntarios y personas normales, pero estos no bastan para que la cosa funcione. Cuando empieza a llegar el dinero, es un buen momento para despedir a los voluntarios y dar trabajo apersonas "cualificadas", preferiblemente con una licenciatura…

 

3. Tómate el trabajo con seriedad.

 

Con gran seriedad, trabaja demasiado a fondo y durante numerosas horas. Practica hasta adquirir una mirada ceñuda y depresiva… Insinúa a menudo que si todos se toman la causa tan en serio como tú, deberían seguir tu ejemplo. Si con estas palabras los demás no se sienten aún lo suficientemente culpables, convierte tus insinuaciones en quejas continuas.

 

4. Adopta y haz adoptar a los demás reglas de conducta muy estrictas y rígidas.

 

La debilidad y flaqueza humanas no pueden existir en un movimiento… Si, por ejemplo, descubres a un activista de un movimiento de salud alimentaria comiendo una hamburguesa, condénalo con todos los argumentos que se te ocurran (dejando a un lado que tú hayas entrado en el restaurante para comprar un paquete de cigarrillos).

 

5. Motiva a otros con el sentimiento de culpa.

 

Si un grupo trabaja intentando preservar especies protegidas, atácalo por su poca sensibilidad ante la pobreza o el hambre en el mundo. Si el grupo trabaja para los pobres o hambrientos, atácalo por su falta de sensibilidad ante los animales…

 

6. Habla mucho sobre la necesidad de cooperar y compartir, pero !no se te ocurra hacerlo!.

 

Intenta dominar todos los debates mediante la fuerza de tu intelecto y personalidad.

Sin embargo, si encuentras personas lo suficientemente tontas como para creer en el cooperar y compartir, aprovéchate de ellas en todo lo que te pueda ser útil.

 

7. Consigue un cierto grado de nerviosismo y mantenlo.

 

Ponte nervioso y excitado… Todo el mundo debe apresurarse en su trabajo y actuar contra-reloj. Si alguna persona sigue trabajando con calma, tu tarea principal consistirá en ponerlas nerviosas hasta que surja en ellas la ansiedad.

 

8. Nunca compartas el prestigio y los honores..

 

En primer lugar has de tener bien claro que todo ha sido idea tuya. Y nadie vivo ni muerto, ha contribuido en ningún detalle importante… Si por alguna injusticia algún otro compañero de movimiento alcanza mayor prestigio que tú, trata de ponerlo en su lugar y hacerte respetar. Puedes hacer correr la voz de que no se lo merece -o al menos en esa medida-…

 

9. Recuerda que cuanto menos educado seas, más comprometido aparentarás estar.

 

Aquí también tienen importancia los pequeños detalles. Por ejemplo: no debes llegar nunca a tiempo a las reuniones. Y cuando llegues, asegúrate de que el teléfono te reclame al menos una vez cada cuarto de hora. El resto del tiempo debes invertirlo en hablar lo más alto posible, preferentemente con tono acusador… Insiste en modificar los acuerdos que ya han sido tomados. Una vez hechos estos comentarios, procura abandonar la reunión antes de que acabe…

 

10. Por último, evita trabajar para el movimiento al tiempo que das la impresión de entregarte en cuerpo y alma.

 

El cumplimiento escrupuloso de las nueve reglas anteriores te requerirá tanto tiempo y energía que no te quedará nada para cumplir tus obligaciones con el movimiento. Pero no dejes que eso te frene en el momento de adquirir mayores responsabilidades. Consigue tantas como puedas. Insiste en participar en todo y, si es posible, como encargado. Luego, trata de repasar o evitar todos los trabajos y obligaciones. Si otros te acusan por desproporción entre tus responsabilidades y tus logros, contéstales en un tono entre calmado y apesadumbrado, haciéndoles ver lo dolorosos y desmoralizantes que son estos comentarios, sobre todo después de todo lo que llevas hecho por la causa. Cuando el otro haya bajado la guardia, redondea la faena con la frase: ¿no te das cuenta de que lo más importante es la unión que debe existir entre todos?.

 

 


 

El concepto de ciudadanía Santiago Sánchez Torrado

 

1. Aproximación al diagnóstico

Me parece un comienzo adecuado -necesario aunque no suficiente- el partir de la crítica de la democracia que tenemos, de la democracia "realmente existente", crítica por otra parte ya bastante conocida y consabida. La generalizada apatía política, el desinterés ciudadano por las cosas públicas, se nutren de varios factores que van en aumento: una cultura de súbditos no participativa, un clientelismo imperante a todos los niveles, el desarrollo asfixiante de la tecnocracia y de la burocracia, el contraste llamativo entre el proceso democrático y la sociedad de masas… Otro elemento de dicho diagnóstico es la despolitización de la vida pública que ha llevado a cabo el liberalismo, así como la disolución de la identidad colectiva y la desactivación de la militancia de base frente a la creciente profesionalización y burocratización de la política, como ha señalado Claus Offe.

En esta situación resulta difícil que prosperen las iniciativas ciudadanas por su fragmentación y por posibilidad de ser integradas en el sistema. Por todo ello es algo más posible la degradación y manipulación del hecho democrático, cuya fragilidad e insuficiencia son patentes y cuya retórica "consolidación" viene a ser bastante cuestionable.

El "malestar democrático" que padecemos es plural y penetrante. En una reciente entrevista (El País, 21 de noviembre de 1992), hacen Rafael Argullol y Eugenio Trías una reflexión a dos voces sobre algunos aspectos del mismo, aludiendo a su obra común "El cansancio de Occidente", publicada por Destino. Argullol apunta el dato de que desde 1960 se ha incrementado por seis el grado de desigualdad y de miseria en el mundo. En otro orden de cosas - no desconectadas de lo anterior - dice también Argullol que "denunciar la esclerosis de las instituciones políticas es una forma de esperanza. No se puede seguir funcionando con los mismos esquemas de hace cuatro décadas". A lo que añade Eugenio Trías: "Es cierto que en relación a las democracias censitarias o caciquiles ha aumentado el porcentaje de los que participan o de los que se sienten representados, pero también es verdad que la dictadura de las clases medias deja unas enormes bolsas de población integradas por personas que no se sienten aludidas por la responsabilidad democrática". "Para hablar de democracia - remacha Argullol - , yo creo que hay que hablar necesariamente de participación, de actividad, y en la medida en que se da alienación hay que hablar de democracia ficticia… El totalitarismo enraizado en la apatía es lo que nos alarma. El peligro es la apatía. Lo que sucede, por ejemplo, en Francia: que payasos del tipo de Le Pen, o payasos como los que tenemos en España sean capaces de nutrirse de ese caldo de cultivo y recoger los votos… El nihilismo contemporáneo no se produce a partir de las ideas sino que se produce, precisamente, por falta de ideas… Yo defiendo la democracia como régimen político, pero sé que defenderla es criticarla radicalmente. Hay muchos escenarios históricos de democracias aplastando la libertad". Una conclusión común de ambos autores es también que "la tecnología adelgaza el espesor moral de la sociedad; es preciso modificar una visión acumulativa y teleológica del progreso, parece justo exigir rectificaciones al rumbo de la mente moderna y de su praxis".

 

Como decía al comienzo, me parece adecuado y necesario, pero no suficiente, arrancar del diagnóstico de la democracia "realmente existente", la que tenemos, con sus luces y sus sombras, con sus logros e insuficiencias. Es preciso también, a mi juicio, incidir en el hecho plural y complejo, cualitativamente relevante, de la participación ciudadana como indicador de la temperatura democrática de un país.

 

La situación que vivimos está reclamando una "repolitización" no exclusivamente partidista de la sociedad, dado el secuestro de la auténtica democracia en las estructuras puramente formales de la misma, en el nivel insatifactorio de la realización de una democracia meramente representativa y - por ello mismo - disminuída y mediatizada. El desgaste y el cansancio de la democracia que tenemos está planteando una recuperación ciudadana de la misma, complementándose con formas directas de participación en distintas esferas de la sociedad. Las múltiples carencias y demandas sociales que piden una respuesta y el deterioro progresivo de las condiciones de vida hacen más profunda y apremiante la exigencia de esa democracia directa y participativa.

 

Lo que Ernest Mandel ha calificado como "alienación de soberanía" se traduce y concreta en una caída bastante generalizada y radical del interés operativo por las causas comunes. La abstención electoral, el deterioro en la calidad de vida urbana, la protesta social y el desprestigio de la clase política son algunas notas distintivas de esta situación. El descontento ciudadano por diversas razones, el malestar laboral y otros problemas conexos se viven como una agresión cotidiana que erosiona la convivencia democrática.

 

El presente panorama induce a relativizar las formas institucionales de la política - entre ellas los partidos políticos - y a intentar revitalizar la democracia directa y participativa. Resultará beneficioso para todos abandonar la idea de la política como mero espectáculo que se contempla o se padece o como simple acción retórica oadministrativa, entrando en un concepto de ciudadanía más claro y operativo.

 

En muchas partes se percibe un afán latente o expreso de esa participación más directa que ha quedado abandonada o asfixiada en la rigidez de las ofertas políticas que se dan como cerradas e inamovibles. Ese afán participativo se traduce en el deseo de una mayor y mejor intervención ciudadana y política "desde abajo", en ámbitos menores y concretos pero coordinados entre sí y con el proyecto de alcanzar una dimensión pública, Se refleja también en una voluntad personal y colectiva de pasar de la condición de consumidores - propietarios - espectadores a ciudadanos, con un sentimiento más cohesionado de comunidad.

 

Ya he apuntado algunas de las causas de la situación que intento describir. El descrédito actual de las instituciones y del ejercicio profesional de la política es una de ellas. Nuestro sistema electoral - de democracia representativa y delegada - constituye otro factor determinante de no menor importancia. La cultura masificada que nos envuelve y que nutrimos cada día - sin espacio apenas para el debate y el contraste crítico - conforma asimismo un tipo de ciudadano abstencionista y aséptico, encerrado en sus aspiraciones individualistas de bienestar, de consumo o de distintas formas de poder más o menos limitadas. A estas razones viene a añadirse la crisis ética actual en toda su envergadura, la ambigua escala de valores que se nos impone y se vive de modo generalizado.

 

2. Conviene no perder de vista el horizonte al que queremos referirnos. La participación es un derecho ciudadano, no una obligación. Es un cauce necesario para hacer posible y operativa la creatividad social. Sólo será ejercido ese derecho a participar si existe una buena información, si hay una fuerte iniciativa pública capaz de producir beneficios sociables individualizables y si los ciudadanos tienen posibilidad de participar efectivamente en la toma de decisión y en la ejecución que les interesan directamente. La participación supone la aceptación recíproca entre las personas y la defensa de objetivos comunes, pero también supone asumir las diferencias y las contradicciones entre los distintos colectivos y agentes sociales como hechos naturales y generadores de vidas que son. Todo intento racional y colectivo de participación ha de contribuir a la apropiación solidaria de la "ciudad" en su acepción más dinámica y humana, a la socialización de los espacios y tejidos de convivencia. La ciudad como símbolo y referencia es un campo de fuerzas donde se enfrentan tendencias y culturales opuestas, donde convergen y rivalizan intereses y valores, donde es posible y necesaria una acción reequilibradora y redistributiva. Las clases populares, las capas más amplias de la población deben ser agentes activos de la vida económica y cultural, de los problemas urbanísticos o de otro tipo. La participación se enriquece en la diversidad, se beneficia con los medios de comunicacíon y de expresión propios. Todo lo cual colabora al diseño de un paisaje humano más cohesionado y atractivo.

 

Cualquier empeño serio de participación es un intento de resignificar el concepto de democracia tanto en sus aspectos sustantivos como de procedimiento. Es la "intersubjetividad democratica" de la que hablaba Dewey. Esa democracia que supone la mayor responsabilidad para el mayor número de individuos, así como una integración intelectual y moral que articule y sustente todas las prácticas: economía, política, educación y cultura en general (Geneyro, 1.991,146). Como también recoge Juan Carlos Geneyro en su estudio sobre Dewey, "la no participación es una de las formas más efectivas de ejercer violencia psicológica sobre los individuos: de esta forma se priva a los sujetos de desarrollar sus capacidades de reflexión, indagación, elección y responsabilidad" (Geneyro, 1.991, 168).

 

El hecho procesual de la participación - en el que se asienta y nutre el concepto y la realidad de la ciudadanía - tiene unas etapas, que son básicamente la motivación - de carácter previo pero no por ellas menos sustantivo -, la capacitación (de orden instrumental, formativo, etc.) y la organización. Existen asimismo motivos profundos para la participación, insertos en el núcleo de nuestra condición humana: la realización íntima y social de la persona (atendiendo a la convergencia dinámica que se da entre estas dos dimensiones), la búsqueda generalizada de una mayor calidad de vida, que no se corresponde exactamente con el mejor "nivel" de la misma y que implica una intervención activa en los espacios y cauces de decisión que contribuyen al mejoramiento colectivo de las condiciones de existencia. Todo lo cual es un buen antídoto contra la erosión creciente de la identidad colectiva que padecemos, debida en buena parte a la deserción de la participación cívica, al absentismo, pasividad e individualismo que corroen el tejido social.

 

Otra demanda que compete a la necesaria participación ciudadana y política es la de organizar el consenso a partir de la contradicción, la de articular un proyecto unitario a partir de propuestas conflictivas y relativamente divergentes. Manuel Escudero (1.991, 136)postula la profundización de la democracia económica en el mercado, la progresiva ampliación de poder de los agentes sociales colectivos: sindicatos, consumidores, ecologistas, etc.

 

Pero es preciso tener en cuenta que el consenso es una condición necesaria aunque no suficiente para la realización de la democracia, para la consolidación de la ciudadanía, si no se alcanzan al mismo tiempo niveles más amplios y profundos de igualdad y bienestar colectivo. Todo lo cual requiere una organización racional de la participación, unaadecuada coordinación de grupos y de sectores sociales, un buen clima de relación horizontal, unas propuestas dinamizadoras que favorezcan el proceso participativo, la creación y reafirmación de estructuras que sirvan para aglutinar y canalizar las diversas iniciativas existentes. La participación - a todos los niveles - se dinamiza gracias a la aplicación de métodos activos de trabajo y de indagación en la realidad para descubrirla y transformarla más profundamente.

 

El hecho y la dinámica de la participación poseen unos contenidos, un suelo o fondo antropológico. Las actitudes de respeto y de comprensión hacia la realidad, los hábitos de empatía y de observación atenta de los fenómenos humanos, sociales y culturales: todo ello favorece la participación y la garantiza, e incluso sin tales atributos el hecho participativo puede ser meramente ritual o mimético. En el análisis crítico y prospectivo de la participación hay que acudir constantemente a estas actitudes radicales. En ese mismo núcleo sustantivo de la participación, Geneyro propugna el derecho a la igualdad sobre el de la libertad individual y añade que "la participación y la responsabilidad adquieren los caracteres efectivos y necesarios para pensar y hacer la democracia; la solidaridad como valor democrático se gesta más sustantivamente bajo estas condiciones (Geneyro, 1.991, 203).

 

El fenómeno participativo responde a la estructura fundamental del hombre, que mediante él se realiza y dinamiza desplegando las potencialidades de su dimensión social, comunicativa, solidaria.

En el hecho de participar el hombre se encuentra singularmente consigo mismo y con los otros, porque la participación es al mismo tiempo proceso y plenitud.

 

El dinamismo participativo supone una alternativa a las estructuras de dominación que determinan a nuestra sociedad; significa también una llamada a la creatividad, un desafío en favor de la calidad de vida en su sentido profundo e íntimo y "relacional - constructivo", contribuyendo a la transformación de las cosas. Sólo un afinamiento creciente en los hábitos de la participación garantiza una sociedad sólidamente democrática.

 

La comprensión intelectual y el interés vital por las cosas son asimismo raíces del empeño participativo. Los intereses y los afectos del hombre abonan el campo de la participación, que se despliega en diversos contenidos antropológicos, sociales, históricos, culturales, educativos. El fenómeno participativo posee una finalidad, un ritmo, una metodología de aplicación y de seguimiento que están reclamando una reelaboración constante, activa y critica, de las formas y teorías tradicionales de la participación.

 

La práctica política, el terreno asociativo, el voluntariado deben ser espacios privilegiados de participación. Pero se encuentran faltos casi todos ellos - en mayor o menor medida - de un sentido crítico y personalizador que los reoriente y sanee. Las demandas que proceden de todos estos campos apuntan hacia la necesidad de una formación o cultura cívica y política permanentes, de contenido asequible y pedagógicamente bien estructuradas.

 

La vida cotidiana es también cauce de participación y de comunicación dinámica para superar la atonía y la pasividad reinantes. Se abre así ante nosotros un territorio ancho y sugestivo, roturado por la comprensión de los problemas socioculturales, la toma colectiva de decisiones, el ejercicio de derechos y responsabilidades, la conexión entre lo inmediato y lo mediato, la articulación entre lo concreto y lo abstracto, lo particular y lo general. Se establece de la misma forma una relación dialéctica entre la realidad concreta y su posibilidad de transformación en un horizonte globalizador de totalidad, con lo que se evita también el discurso retórico y trivial acerca de la participación. Puede afirmarse sin exageración que la calidad de la participación es la calidad de la democracia, así como su índice de vitalidad y de autenticidad.

 

La "infraestructura" de la participación es rica y diversa, pegada a la realidad de lo cotidiano. Resulta lamentable el desinterés general en promoverla, tanto a niveles institucionales como en lo relativo al esfuerzo personal. Se va conformando así una sociedad monocorde y vacía, carente de estímulos y generadora de frustración y de desencanto.

 

Pero la llamada a la participación sigue ahí, persistente y seductora para quien desea rectificar tantas cosas que lo requieren, para quien se rebela ante la insatisfactoria configuración de este mundo cuya injusticia y trivialidad nos resultan asfixiantes. Se perfila de este modo un horizonte positivo que ayuda a dar sentido a lo que somos y hacemos, a la vida en su conjunto: una información más racional y transparente, una comunicación más próxima a la verdad, encuentros y debates ciudadanos que abren perspectivas en un entorno crecientemente deshumanizado… La tarea común de compartir y discrepar, de construir y de proponer alternativas viables y esperanzadoras: ahí reside la antropología dinámica de la participación, su nuclear empeño que ciertamente ganará en solidez si se inspira en el espíritu de un verdadero consenso, en la búsqueda de intereses comunes y generalizables. Así el despliegue de la participación alcanzará a los ya mencionados espacios de debate y de contraste crítico, al intercambio vivo de experiencias, a los instrumentos o cauces de denuncia o de presión ante los diversos males o insuficiencias que aquejan a nuestra sociedad. Todo ello puede realizarse en el ámbito de las ocupaciones cotidianas, de lo profesional - laboral, lo educativo, lo sociocultural, o en el terreno de las actividades más esporádicasy extraordinarias, campañas, convocatorias amplias, etc, que suponen una movilización más general de la población.

 

3. Hacía una nueva cultura de la democracia.

Por la trayectoria política que vamos realizando y por la propia experiencia personal conocemos cada vez mejor las posibilidades y limitaciones de la democracia, su importancia y su fragilidad, el verdadero alcance y la dificultad de una democracia realmente participativa. La experiencia democrática alcanza los niveles culturales y económicos de la población como necesario complemento de la democracia política formalmente entendida. Con radicalidad y agudeza señalaba Agnes Heller (1.985) que el objetivo de los partidos políticos es la toma del poder y la abolición del pluralismo y denunciaba también su creciente interclasismo y burocratización. Sólo la profundización y extensión auténticas de la democracia garantizan su continuidad y vigencia, su valor real para los ciudadanos. Porque la democracia consiste en la búsqueda y la satisfacción de los intereses y de las necesidades comunes, para lo cual conviene establecer prioridades en un clima de verdadera colaboración, como ha afirmado Victoria Camps (1.990).

 

Aprender el sentido de la responsabilidad social equivale a descubrir el sujeto de la democracia. Para Lafontaine, la conciencia de responsabilidad social es uno de los componentes esenciales de la cultura política (1.989, 43, 94). "Osar más democracia" significa asumir una mayor responsabilidad. Pero la responsabilidad personal y social es también un proceso de aprendizaje; de ahí el interés de una cultura política y democrática. La democracia seguirá siendo atractiva si contribuye a abrir perspectivas de vida, de desarrollo y de trabajo que hagan trascender la emancipación individual más allá de los niveles materiales.

 

Para hablar con propiedad de una cultura política y democrática se requiere volver a las raíces del pensamiento de la izquierda, manteniendo la razón de ser del socialismo y de la misma democracia i dando así orientación y consistencia al debate político.

 

Las actitudes morales y políticas de resistencia y de emancipación pueden y deben adquirir apoyo gracias al sustrato que ofrece una cultura popular elaborada en contacto con las bases sociales, enraizada en sus demandas y expectativas, inductiva y dinámica en su metodología, operativa y concreta en su proyección.

 

Según Bobbio, la apatía política generalizada que se produce en nuestros días se debe en buena medida a la "cultura de súbditos" que se fomenta, al clientelismo, al desarrollo acelerado de la tecnocracia y de la burocracia (González y Quesada, 1.988, 46). La tecnocracia y la despolitización se complementan mutuamente y conducen a la pérdida de función de la participación democrática en las tareas de decisión. Pero sigue siendo apremiante el objetivo de lograr una comunidad humana libre de dominación, en fidelidad a la consigna marxiana de realizar al "hombre como ciudadano" más que al "hombre como individuo". En este ámbito de intereses y expectativas se sitúan los inexcusables objetivos de una verdadera cultura política y democrática. Macpherson ha hecho ver cómo la cultura y la política constituyen un todo inseparable y cómo la reconstrucción de una nueva conciencia política pasa por la complementariedad efectiva de los movimientos sociales y de los partidos políticos, en una articulación dialéctica y dinámica entre ambos (Quesada, 1.988, 305 y s.).

 

Horkheimer ha insistido ampliamente en el tema de la mayoría en relación con la democracia. Si el fenómeno democrático no se apoya en bases racionales firmes está condenado a todas las manipulaciones y degradaciones. Se puede manejar y oprimir a una masa de hombres en nombre de la democracia, y existen demasiadas referencias históricas que lo confirman. El único antídoto eficaz contra tales peligros es la preocupación activa por el hombre - lo que posee una indudable raíz cultural - reflejada en la estructuración racional de la convivencia sociopolítica. La democracia verdadera incluye un control público del desarrollo económico y de las cuestiones relacionadas con él, pero equivale asimismo a una organización colectiva de la calidad de vida en los terrenos de la salud, el urbanismo, la cultura, el consumo, la creatividad artística, etc. Terrenos limítrofes o - mejor aún - plenamente radicados en el mundo cultural, como ya queda dicho hasta explicitamente.

 

La cultura democrática conlleva un talante radical y auténtico de identificación profunda con la humanidad y con la vida, de distanciamiento crítico del poder, de afán transformador de la realidad. La resistencia y la protesta, la movilización y la denuncia son expresiones concretas de ese talante. Es preciso alumbrar también nuevas formas de vida imaginativas y coherentes que abarquen lo cultural, lo económico, lo laboral y lo educativo. Es también necesario incidir más profundamente en el ámbito de la autonomía y de la autogestión a diversos niveles. Todo este entramado forma parte de una cultura política democrática. Y la más genuina tradición de la democracia sigue articulada en torno a la idea de la participación y del control comunitario de la vida social y política.

 

La interdependencia entre los sectores sociales diversos es una "idea - guía" de notable fecundidad para el asentamiento de la democracia y para una reflexión cultural sobre la misma, como afirma Achille Occhetto (1.990). Ello supone para el político italiano una nueva cultura de la empresa, unas nuevas reglas de democracia industrial, transformar de raíz el modo de ser del sistema político, dar prioridad a los programas sobre los partidos, definir el marco general de actuación y las tareas de la nueva euroizquierda y dotarse de nuevas estructuras organizativas contra el dirigismo y elverticalismo imperantes en el mundo

político.

Los empeños por regenerar el tejido asociativo y por articular el ámbito social y el político suelen implicar un valioso proceso de autoeducación popular, muy pegado a la difícil tarea de consolidar una democracia realmente participativa. Este mismo proceso favorece la sensibilidad para descubrir problemas y proponer soluciones mediante iniciativas populares, consultas de carácter local, sondeos estadísticos, comisiones informativas o consejos sectoriales (Rodriguez Villasante, 1.991, 39 y s.), todo ello es una clara dinámica de desconcentración y descentralización, lo que fomenta un sentimiento de apropiación y de implicación activa en los ciudadanos. La protesta social y la lógica cívica requieren un alto grado de conciencia colectiva, así como un nivel considerable de fluidez y de ductilidad que la instancia política de carácter profesional o representativo no suele ofrecer.

 

Se va perfilando así un nuevo horizonte con nuevos escenarios, paradigmas y potencialidades, con una oferta de soluciones plurales y complementarias, en atención a lo que la gente siente y piensa de forma expresa o latente, una nueva manera no partidista de hacer política tendiendo al concepto de "ciudadanía integral" y explorando territorios relativamente inéditos y diferentes.

 

Se trata de llegar a más, de extender la democracia: de vivir mejor. Es un empeño que debe ser radical y global, interrelacionando los sujetos y los objetos de análisis, en una investigación - acción de carácter permanente, en una reflexión y en una práctica que se enriquecen de modo recíproco. Todo ello se engloba en el concepto de cultura política y democrática, que necesariamente ha de ser operativa y transformadora.

 

Como ha afirmado Pietro Barcellona ("Mientras Tanto" nº 45, p. 71 y s.), el parlamentarismo y el multipartidismo son fenómenos bastante específicos de la sociedad capitalista y que conocen - como sabemos - una notable erosión, siendo objetos de múltiples cuestionamientos en nuestros días.

 

El ecologismo político y la pluralidad de las culturas emancipatorias son otros objetivos importantes de un intento transformador de la sociedad. El conocido como "Manifiesto ecosocialista" - "Por una alternativa verde en Europa" - plantea, por ejemplo, una transformación de tipo multidimensional, generalizada, cuyo modelo de referencia es el ya aludido concepto de "ciudadanía integral": igualitaria, directamente participativa, solidaria, ecológica y creativo - evolutiva. De este modelo se derivan cuatro dimensiones básicas de comportamiento: resistir, reflexionar, reorientar y reagrupar ("Mientras Tanto" nº 41, p. 59 y s.).

 

Macpherson concibe la democracia como un desarrollo integral de los ciudadanos (Macpherson 82, 58). Según Dewey, la democracia es la vida en común libre y enriquecedora, pero reducida siempre a los severos límites de un pragmatismo sobre el que no cabe albergar excesivas esperanzas. Dewey apela al humanismo democrático más que a la maquinaria política y confía en el pluralismo y su eficacia.

 

La experiencia participativa aporta distancia crítica y capacidad de objetivación, que constituyen otros dos importantes factores de una cultura democrática. El miedo, la indiferencia y la pasividad caracterizan a nuestra época. La cultura es ante todo un instrumento para la toma de conciencia, mediante la que la sociedad profundiza su libertad (Havel, 1.991, 40). Desde diversos ángulos y motivos se añora una necesaria dignidad moral en hábitos y comportamientos que difícilmente se percibe. Por ello es importante organizar una cultura popular y crítica con unos objetivos claros, unos contenidos ceñidos a la realidad, una metodología inductiva y concreta, que sin duda contribuirá a formar una subjetividad solidaria y se multiplicará en iniciativas generadoras de valores. Dicho de otra manera: una ética personal y ciudadana vivida con mediaciones culturales y políticas.

 

¿Es viable una democracia sin la base material y económica adecuada para su desarrollo? ¿Resulta simplemente gobernable el mundo actual - tanto para la derecha como para la izquierda - en la situación que éste padece? Para Durkheim la realización de la democracia supone tres ejes interrelacionados: la racionalidad (equilibrio entre medios y fines), la comunicación (intersubjetividad y construcción - reconstrucción del consenso) y la acción (fundada en el conocimiento científico - técnico y orientada a unos valores). "Un pueblo es tanto más democrático cuando la deliberación, la reflexión, el espíritu crítico desempeñan un papel más considerable en la marcha de los asuntos públicos. Esta tanto menos democrático cuando el inconsciente, los hábitos no conocidos, los sentimientos oscuros, los prejuicios sustraídos al examen racional son más preponderantes" (en Geneyro, 1.991, 27). Durkheim amplía después esta idea de que en la medida en que la conciencia colectiva se vuelve más racional y reflexiva se hace también menos imperativa y, en consecuencia, favorece más el libre desarrollo de las características individuales. De ahí la importancia de todos los espacios y cauces de debate, de las asambleas deliberativas previas y posteriores al sufragio, del diálogo y de toda forma de argumentación.

 

La democracia es un principio educativo y una forma de vida personal y social; su causa es la de la dignidad y el valor de la persona (Geneyro, 1.991, 155). Una contribución importante a la cultura política es la de acabar con la separación entre lo ético y lo político. La educación moral es una garantía para profundizar en las formas de vida democrática, siendo ésta un elemento cualitativo que impregnatodo el funcionamiento de una comunidad. Una sociedad adiestrada para el consenso, que sabe compaginar el interés individual con el colectivo, es una sociedad democrática. Su desarrollo requiere competencias racionales, habilidades de diálogo y actitudes básicas de autonomía personal y de respeto hacia los otros, de utilización del debate como instrumento para favorecer el pensamiento y la acción democráticos (Escámez, 1.992).

 

Esta acción cultural y educativa desemboca en la participación democrática y responsable en la toma de decisiones que afectan a la comunidad, a su vida e intereses reales. Aprender la participación y la ciudadanía es una tarea cultural de primera magnitud. Se configura así una comunidad política en el sentido más auténtico de la palabra, consciente de su debilidad y de su valor, esperanzada para superar sus propias insuficiencias. Esta tarea supone también reconstruir permanentemente tanto las estrategias culturales como los enfoques teóricos desde sus mismos puntos de partida.

 

Una nueva cultura democrática debe partir de la situación más bien negativa en que nos encontramos: desencanto, indiferencia, pasividad, individualismo consumista, etc. Además de ello se precisa abordar con rigor las razones que subyacen a estos hechos y dar argumentos para remotivar y dinamizar una participación ciudadana y política adormecida o abandonada. Los contenidos de este trabajo cultural pueden aproximarse a un mejor conocimiento de la democracia: sus formas y limites, cauces, instituciones y posibilidades. Asimismo es atrayente y necesario diseñar los espacios y lugares de participación y elaborar unos ciertos análisis - de carácter económico y sociológico, sobre todo - para poder interpretar con objetividad a partir de ellos las demandas reales de la población y responder adecuadamente a ellas.

 

Todo este empeño requiere una cierta infraestructura documental que posibilite y fundamente a su vez la realización de encuentros, debates, etc, capaces de reanimar y consolidar una democracia de base, abierta asimismo a acciones de protesta y de denuncia planteando alternativas. Lo que sin duda beneficiará a la reconstrucción de nuestro tejido social y de la propia cultura de la democracia.

 

4. Algunas cuestiones y propuestas.

La condición ciudadana lleva aparejada la responsabilidad democrática por naturaleza propia, y la participación cívica es un indicador adecuado de la democracia frente a cualquier forma de totalitarismo y frente a los vicios sociales del pesimismo y de la apatía, tan frecuentemente repetidos y hondamente entrañados en el tejido de nuestra convivencia. En este campo juega un papel fundamental la información los medios de comunicación que son sus cauces y que demasiadas veces presentan la realidad de forma sesgada, atomizada, repetitiva o superficial, de acuerdo con intereses y conveniencias particulares. Un esfuerzo de claridad y objetividad informativa, así como de coordinación eficaz de las múltiples iniciativas sociales y culturales existentes, es un empeño y un desafío crucial de nuestra vida democrática.

 

Esfuerzo y empeño que deberá superar graves dificultades como el nihilismo reinante - que equivale a la falta de ideas y a la escasa estima por la reflexión intelectual - o la crisis actual de la ética en toda su envergadura y complejidad. Defender la democracia es criticarla en radicalidad y conceder todo su valor al consenso a partir de la contradicción y del conflicto, a la negociación, así como también a la organización racional de la protesta social, de la movilización y de la denuncia colectiva.

 

Se va advirtiendo así con mayor claridad la relación que existe entre democracia y calidad de vida o bienestar ciudadano, aprovechando y rentabilizando para ello los procedimientos de indagación en la realidad - investigación, análisis, etc. - y los métodos activos de trabajo. A partir de aquí se pueden establecer una serie de "binomios" o cuestiones que tienen un cierto carácter de propuesta para la reflexión y la acción:

· La relación entre democracia y solidaridad

· La conexión entre participación y creatividad, profundizando en el discurso de la participación más allá de la retórica y avanzando en las propuestas concretas de la misma.

· La articulación entre cultura política y responsabilidad social, movimientos sociales y partidos políticos.

· La importancia de la autonomía y de la autogestión.

· El valor de la resistencia y la emancipación como actitudes morales y sociales, dando forma a la tensión emancipatoria a través de nuevas estrategias de participación.

· El empalme dialéctico entre tecnocracia y despolitización.

· La conexión que se da entre regeneración sociopolitica y educación popular.

· Asimismo, entre descentralización o desconcentración y sentido de apropiación - implicación o identidad local.

· La aproximación efectiva al concepto de "ciudadanía integral".

· El pacifismo, el nuevo internacionalismo, la reconstrucción ecológica de la economía y la democratización eficaz como vías de acción y de profundización.

· La racionalidad, la comunicación y la acción personalizada y colectiva como ejes de una cultura de la democracia.

Santiago Sánchez Torrado

Extret de: Cuadernos de la Red CIMS.